El mundo evangélico y el mundo académico por Manfred Svensson

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Es sabiduría cristiana básica que  el mundo es un problema, que -junto a la carne y el demonio- es uno de los grandes enemigos que enfrentamos. Pero no es menos cierto que los cristianos solemos carecer de sabiduría a la hora de tratar con equilibrio a esos tres enemigos: algunos sólo tienen peleas con el demonio, otros sólo tienen peleas con la carne. Y a veces el problema no es sólo el de equilibrar nuestra defensa ante los tres enemigos, sino el de identificarlos adecuadamente.

El caso está claro con  la carne: algunos cristianos creen que se trata de una parte de nosotros mismos, en lugar de identificar bajo ese concepto a la totalidad del hombre en rebeldía contra Dios. Y los mismos problemas de identificación que hemos sufrido con la carne, los hemos vivido también  con el mundo , entendiendo como mundanas algunas actividades específicas en lugar de a la realidad completa alejada de Dios: a veces  el mundo  ha sido la actividad política, a veces ha sido algún tipo de música. Así como nos cuesta entender bajo  la carne  a la totalidad del hombre en rebeldía, nos cuesta entender que también  el mundo  sea el cosmos completo en rebeldía, en lugar de algún campo específico, alguna parte de la realidad creada.

No es de extrañar que con ese trasfondo, en muchos casos haya habido una identificación de la educación superior como algo mundano. Después de todo, es una parte específica de la realidad, y no una muy inofensiva. Nadie negará que al menos algunas ideas funestas han venido del mundo académico; y la común reacción evangélica no ha sido la de ir entonces a luchar por la verdad, sino que se ha pensado que lo mejor es mantenerse fuera de dicho mundo.

Pero al menos en Latinoamérica la lejanía respecto del mundo académico ha dependido de un factor más: el mundo evangélico estaba social o económicamente separado del mundo académico. Debemos, en efecto, reconocer que todavía hoy se trata de una situación predominante: si un evangélico va hoy a la universidad es, casi en cualquiera país de Latinoamérica, muy probable que será de la primera o segunda generación de su familia en acceder a la educación superior. Hay un sentido muy significativo en que esto puede ser una buena noticia, pues puede significar que estemos cercanos a ver cambios importantes, cambios que debieran reflejarse tanto en las instituciones de educación superior como en las iglesias. Pero al mismo tiempo, el constatar dicha situación nos debe llevar a abrir los ojos al riesgo de que el paso por la universidad convierta a la misma en nada más que un trampolín social para los evangélicos. Eso puede parecer inofensivo, pero no lo es: la educación inevitablemente hará algo -bueno o malo- no sólo con nuestros bolsillos, sino con nuestras cabezas y corazones. Hay que procurar que sea algo bueno.

Por lo dicho hasta aquí, podría parecer que nuestro principal problema ha sido la pasividad. Habríamos olvidado el deber de “ llevar cautivo todo pensamiento a obediencia a Cristo ”  (II Cor. 10:5) , habríamos olvidado el deber de “ transformarnos mediante la renovación de nuestra mente” (Rom. 12:2) . Pero no se trata sólo de problemas de pasividad, no es como que el pecado en este campo sólo pueda ser de omisión. Por el contrario, también aquí hay algo que debe ser reconocido como una activa traición. Pero una muy sutil, porque aunque el mundo académico sea un mundo en muchos sentidos hiperconsciente, tiende a producir traiciones inconscientes: uno absorbe ideas sin captar el hecho de que son incompatibles con la propia cosmovisión cristiana, de modo que el conflicto a veces demora mucho en adoptar una forma consciente, visible, que permita una evaluación serena.

Así, cuando finalmente hace su aparición el conflicto abierto, muchas veces ya nos hemos vuelto demasiado fieles a un modo de pensar que luego no queremos dejar. Por inesperados caminos llegamos muchas veces a desarrollar respecto de Dios una  “enemistad de la mente” (Col. 1:21) . ¿Suena esto demasiado alarmista? No creo que lo sea. También el cristiano que entra en la actividad política entra a algo legítimo, y muchas veces con la esperanza de transformar el mundo; pero no es alarmista suponer que el poder será también capaz de transformarlo a él, y que debe por tanto ser cauteloso. Sería ingenuo creer que el mundo académico es mucho más seguro que el mundo político. También aquí existe algo más que la omisión, la soberbia transgresión.

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Pero dicha transgresión no es la esencia de la actividad política ni de la académica. Ni el mundo académico ni el mundo político son  el mundo  en un sentido negativo, sino esferas de la creación en las que uno puede desempeñarse en rebeldía contra el Creador o en fidelidad al mismo. Por lo mismo, los cambios positivos son posibles. En mi propia área laboral, la filosofía, los cambios producidos por los cristianos durante los últimos 50 años –cambios no espontáneos, sino fruto de un trabajo intencional e institucionalizado- son enormes. Baste a este respecto con citar a un eminente filósofo naturalista, que reconoce y lamenta el fruto de este trabajo ‎diciendo que “ Dios no está muerto en el mundo académico. Volvió a la vida al final de la década de los 60, y está de lo más vivo en su última fortaleza académica, los departamentos de filosofía ” [1] . Se trata de algo que puede parecer excepcional. Quentin Smith, el autor de estas palabras, se avergüenza de pertenecer a casi el único campo académico en que la secularización ha dado pie atrás, en que ha habido un proceso de  desecularización  (curiosamente el campo que muchos evangélicos considerarían por definición incompatible con el cristianismo).

Pero si bien no en todas las áreas se está en una situación similar, en casi todas las áreas existe algún germen de trabajo académico consciente de lo que implicaría su desarrollo de un modo consistente con una visión cristiana de la realidad y del conocimiento.

Pero cualquier intento por multiplicar intencionalmente tal trabajo debe descansar sobre un adecuado conocimiento respecto de cuál es la situación real en las distintas disciplinas académicas. Y tal situación varía no sólo de disciplina a disciplina, sino de continente a continente, de país a país. Mark Noll ha notado en este sentido una gran paradoja, que “ mientras que la mayor parte de los cristianos se encuentra en una parte del mundo, las más fuertes instituciones educacionales del cristianismo se encuentran en otra parte del mismo ” [2] . Esto es, aunque el foco principal del crecimiento de la iglesia ha pasado del hemisferio norte al sur, nada similar ha ocurrido con la educación cristiana.

Ciertamente Noll lleva la razón en lo que se refiere al número y calidad de las instituciones cristianas de educación superior. Pero no es menos cierto que también entre los hispanoparlantes hay un importante y creciente número de evangélicos involucrándose en el trabajo académico en todo el variado espectro de instituciones (evangélicas, católicas, seculares, etc.) y en todo el variado espectro de disciplinas. Ahora bien, si va a haber un trabajo organizado, intencional, informado, necesitamos alcanzar un conocimiento más específico al respecto.

Manfred Svensson – Profesor de Filosofía en Universidad de los Andes – Chile


  [1] Quentin Smith. “The Metaphilosophy of Naturalism” en http://www.philoonline.org/library/smith_4_2.htm
  [2] Mark Noll.  The New Shape of World Christianity  IVP, Downers Grove, 2009. pág. 28.
Fecha: Febrero del 2012

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